LA MUERTE LE SIENTA BIEN

Por Claudio Rojo Cesca 

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Ochenta grados a la sombra en Santiago del Estero... y ni hablar de la humedad. ¿Por qué no ponerme en manos de una fantasía gótica urbana, con niveles de sangre y bajón como para llenar la casa de velas y escuchar The Cure, Joy Division o los Bauhaus a todo volumen? 

The Crow (El Cuervo) es una franquicia medio quemada. Tiene a su nombre un montón de colecciones independientes entre sí, publicadas erráticamente a lo largo de treinta años, cinco películas (de las cuales sólo una, la de Alex Proyas, vale la pena), una serie live action fallida con Mark Dacascos en el protagónico, videojuegos para el olvido y, una de cal entre tantas de arena: mucha buena música asociada a su leyenda. Pero el origen de todo es una modesta publicación de principios de los noventas. Una historieta indie en blanco y negro, escrita y dibujada por un fan de la movida gótca que acababa de perder a su pareja en un trágico accidente de autos. 

La angustia no miente, enseña el psicoanálisis, y James O'Barr entubó buena parte de su duelo en un cuentito macabro, barroco a más no poder, con mucho corazón y mucho amor apasionado. The Crow tiene influencias de la literatura de Edgar Allan Poe, mucho rock ochentoso de impronta dark, y una atmósfera noir que acentúa el mundo decadente que habitan sus personajes. 

Me cuesta hablar de este cómic sin dejarme llevar puesto por lo potente de su mística. La historia de venganza del... ¿fantasma? de Eric Draven (o sea: Eric The-Raven, El Cuervo tal como es llamado en el poema de Poe) tras ser asesinado junto a su prometida por una runfla despiadada, es una aplanadora, atiborrada de resonancias líricas y dibujada con una creatividad para la puesta en página que compensa con creces las limitaciones de su autor a la hora de dibujar. El relato se extiende por cuatro numeritos, con una estructura no lineal de capítulos breves, donde el tiempo presente alterna con pasajes oníricos y flashbacks que bien podríamos interpretar como representaciones fieles del pasado o hipérboles alimentadas por la sed de revancha del protagonista. La voz narradora -una especie de diálogo entre dos personas sin indicadores claros acerca de quién tiene la palabra- transmite data suficiente para que entendamos cómo viene la mano y anticipemos la catarsis de Eric. A veces el que habla es un cuervo fantasmagórico, que acompaña al personaje en su cruzada, y otras es el propio Eric, verborrágico y delirante. Como verán, estamos ante una obra relativamente sencilla en términos argumentales, donde la papa está en el cómo se la cuenta, no tanto en el qué.
 
O’barr tiene una sensibilidad especial para los diálogos. La matufia liderada por Top Dollar y T-Bird se la pasa puteando y echando puro slang, mientras que de la mixtura de Eric y El Cuervo resulta un ente raro y extemporáneo que se comunica en largos monólogos de alto vuelo poético, como un personaje de novela del siglo XIX. Una ensalada retórica que nos lleva de las narices por este salpicadero de violencia descontrolada. 

No es fácil pasar por este cómic. Cada vez que lo releo entro a las primeras páginas sin acordarme de lo bueno que es y, sobre todo, lo difícil que se pone bancarlo a partir del segundo número, donde la catarata de flashbacks enfoca los asesinatos a sangre fría de Eric y Shelly, sin llegar a la sordidez gratuita de un cómic de explotación, pero entregándonos con honestidad la experiencia estrujante de dolor e impotencia que viven sus víctimas. Por suerte O’barr se toma un momento para presentarnos personajes muy secundarios, que aparecen en pocas páginas y, no obstante, son tan luminosos, ofrecen tanto contraste moral con la sordidez circundante, que se vuelven inolvidables. El Capitán Hook, el oficial Albrect (fusionados en uno para la versión fílmica) y la muy jovencita y desamparada Sherry. Gracias a ellos creemos que la vida feliz de Eric y Shelly ha sido posible en medio de tanta gente chota.    

En la materia estrictamente gráfica, O'barr (a cargo de lápices y tintas) gana confianza a medida que avanzamos en la trama. Hay espacio para el expresionismo noir, el fotorrealismo, la experimentación surrealista más abstracta y el collage. Esta pluralidad de registros gráficos fluye más naturalmente después del primer número y habilita el disfrute estético más allá de la función narrativa que cumple: ayudarnos a diferenciar la realidad objetiva del fantaseo/fantasmeo en el que Eric vive inmerso. Estamos hablando de un dibujante muy particular, que se profesionalizó haciendo manuales de combate y estudios sobre el tratamiento de cadáveres para el ejército de Estados Unidos, saberes que ejercita sin disimulo en estas viñetas.

 

 

Entre el primer y último número hay un crecimiento estilístico notable. O'Barr dibuja cada vez mejor y explota con mayor soltura las alternativas de la página. Hay splashes y splashes dobles, alternancia entre viñetas amplias y detalladas, de altísimo volumen expresivo, con páginas muy fragmentadas donde la acción no para ni un segundo. Cuando llegamos a la confrontación final, que ocupa casi todo el número cuatro, O'Barr ya es un autor con credenciales, que entiende mejor la anatomía de sus personajes y la potencia narrativa del noveno arte. Por ahí se le va la mano con la simbología cristiana (una estatua de cristo que llora en medio de una balacera queda un poco berreta) y presenta motivos que, además de redundar, son desvergonzadamente solemnes. Pero de ninguna manera mellan los méritos de este cómic, plagado de secuencias memorables, perturbadoras y emotivas.

Cierro aquí, antes de que me gane la tentación escribir sobre la adaptación fílmica protagonizada por Brandon Lee, un bicho aparte que merece su propia entrada en este blog. Me voy como cada vez que vuelvo a leer esta obra empalagosa y maldita: con el corazón picoteado. 

Saludos y buenas tintas para tod@s desde la Trinchera.-

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