UN PASEO INMORTAL (o cómo aprendí a amar el bronceado Gamma)
Por Claudio Rojo Cesca
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Aquí cuando Banner se convierte en Hulk no hay canchereo ni pose cool de superhéroe: un cuerpo que cambia es un cuerpo que sufre y la dupla Ewing/Bennett nos mete de lleno en las tripas de ese dolor. A su vez, las elecciones narrativas y de caracterización llevan la trama a lugares inesperados, sobre todo en lo que toca a la psicología de los personajes. Bruce Banner ya no es el tipo afable con el que compartiríamos un asado sin bardearla: es irritante, se pone celoso de sus pares y ni por casualidad toma las mejores decisiones para preservar a la gente de su eventual descompensación. Ewing suma flashes breves pero bastante rosqueros a su infancia, que añaden contexto al clásico porte de chabón melancólico y solitario destinado a errar por el mundo.
Otro golazo son las portadas ilustradas por Alex Ross. Transmiten a la perfección el espíritu terror-friendly del cómic que estamos por leer y recuerdan a los carteles de cine explotation de los años setentas y ochentas, no pocas veces superiores a las películas que promocionaban.
La historia arranca con Banner en Nuevo México, víctima accidental de un atraco que sale espantosamente mal y en el que acaba asesinado, junto a una nena de doce años, a manos del caco de turno. Un escenón, escrito prácticamente sin diálogos y sin cuadros de narración, con una sequedad que nada tiene que envidiarle a los Coen de No Country for Old Men (o al mismísimo Cormac McCarthy!!). Imaginate gastarte el mango en una historieta para que el protagonista la palme antes de la tercera página. Una locura, ¿no?
Y como esto se llama El Inmortal Hulk y no Hulk: muerto en su salsa, Banner resucita –transformación mediante- al caer la noche, para cazar a los responsables directos e indirectos del asalto. Todo esto que ocurre en las primeras veintidós páginas nos presenta una primera línea del reparto (la periodista Jackie McGee, versión femenina del personaje que interpretara Jack Colvin en la serie de fines de los setentas) y el tono de lo que sigue a continuación. Estamos ante un Hulk sanguinario, que no mata pero poco le falta para ello; muy antihéroe, con un perfil reflexivo de aspiraciones metafísicas, al estilo Ghost Rider, alguien que, antes de cagarte a palos, te culpabiliza.
Los diálogos de Ewing están afiladísimos y no pretenden añadir nada a lo que Bennett deja en claro con los lápices. Hulk habla poco y en picante, con una sonrisa obscena y ojos que no pestañean ni por el paso de un huracán, expresión que invita a imaginarlo como una criatura de malsana sabiduría, que ha renunciado a la idea de un mundo mejor, y cuya justicia parece más una excusa para justificar el goce de su poder descajetado.
Más temprano que tarde el formato monster of the week de los primeros episodios da lugar a una historia más compleja, en parte gracias a Jackie McGee, que sigue los rastros de Hulk con sospechosa obsesión. A través de ella recapitulamos el desastre que nuestro protagonista deja tras de sí. Jackie es nuestros ojos, la tipa con la que pegamos onda, la que hace las preguntas que nos ayudan a entender una trama cada vez más enrevesada, que va sumando personajes memorables con el paso de los números (entre ellos, Walter Langkowski, alias Sasquatch, se afana todas las escenas) y conceptos quemacocos como el de la Puerta Verde, subproducto de la radiación gamma por donde ingresan a nuestro plano entidades bastante forras.
También hay experimentos narrativos muy disfrutables, como en el número tres, construido a partir de los testimonios de cuatro personas que se topan con el bodoque esmeralda: un barman, una anciana, un cura de pueblo y un policía. A cada uno le corresponde un dibujante distinto, con un estilo bien particular y un género narrativo que matchea con la personalidad de quien está contando la historia.
Ya para ir cerrando, la obra está plagada de detalles hermosos. Se me ocurre mencionar los epígrafes que abren cada episodio, donde desfilan nombres como Jung, Milton, Stevenson y hasta el Libro de Job del Antiguo Testamento; una arqueología filosófica y literaria que conecta los temas del doble sombrío, la culpa, la dinámica del sacrificio y el poder sofocado. También la - no del todo imprevisible, aunque muy lograda - recurrencia (uno diría borgeana) del espejo y las muchas formas de representar el horror del duplicado, a veces sobre la superficie reflectora, a veces por simetría especular entre personajes (las duplas Banner/Langkowski y McGee/Langkowski son reveladoras en este sentido). Y una más, ahora sí la última: los afiches de The Dark Side of the Moon y The Wall en el dormitorio universitario de Banner, emblemáticos discos de Pink Floyd que desarrollan los tópicos de la alienación, el aislamiento defensivo y el asedio íntimo de lo reprimido.
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| Para el empacho: David Cronenberg, The Thing y Basket Case en una sola viñeta |
En suma, excelente comienzo de la rosca hulkera. Una mirada directa y al hueso a un personaje que encarna las paradojas del poder desatado: lo que lo vuelve libre y potente es también lo que lo hace monstruoso. Y en ese lodazal chapotean Ewing y compañía, entregados plenamente al barro.-



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