HORROR, SANGRE Y MEMORIA

Por Claudio Rojo Cesca

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Fin de carnaval y aquí estamos, escribiendo la primera entrada del blog dedicada a un cómic argento. Resulta que el año pasado descubrí a Dolores Alcatena, autora integral con una obra nutrida y variada, de la que me propuse conseguir cualquier material editado con su firma. Voy a paso lento pero firme: ya deglutí ¡Basta Monito! y Sueño profundo – Tierra Fría, dos volúmenes preciosos que conseguí en la Feria del Libro de Santiago del Estero. Pero la reseña de hoy es sobre QUETZALLI, historieta ambientada en la América precolombina, publicada originalmente en 2020.

Quetzalli es una adolescente que recibe, junto a su primer período, la bendición de convertirse en una tlahuelpuchi, ser inmortal que por las noches se transforma en animal fantástico y tiene la necesidad de alimentarse con la sangre de los niños. Algo muy parecido a un vampiro, no por elección propia, sino por mandato de Coatlicue, Diosa Madre de la Luna y las Estrellas.  

Este pasaje a la madurez -marcado por el arribo de dones que son, a su vez,  una maldición con un tremendo peso moral- se ve reforzado por anuncios catastróficos al emperador Moctezuma sobre la llegada del hombre blanco y el fin de los mexicas. Aunque reticente al principio, Quetzalli acata la exhortación de sus dones y sucumbe a los actos de crueldad que estos demandan: escabullirse por las noches en las casas de otras familias y drenar la vida de niños inocentes.

Dolores Alcatena se da maña para contar un montón de cosas sin abusar del texto escrito. Casi todo se resuelve con muy poco diálogo, en secuencias breves de corte costumbrista donde se resaltan las prácticas de la época y el contexto de los personajes, a quienes vemos siempre rodeados de esfinges y símbolos de lo divino y lo fantástico, con enorme hincapié en la naturaleza, los rituales, el comercio y el trabajo. Nuestro ingreso a la riqueza de esta civilización -de la que quizás conocemos bastante poco- ocurre por ósmosis narrativa, casi sin que nos demos cuenta. Como escribe Manu Loza en el prefacio: pareciera que Dolores Alcatena dedicó su vida a investigar las culturas mexicas para así mostrarnos cómo se vivían los mercados de Tenochtitlan, cómo se dormía en las noches de la magnífica urbe o cómo se vivía y sentía un domingo de ritual a Huitzilopohi.

El terror es un lienzo recurrente en la obra de la autora, y este libro no es la excepción. Su abordaje no busca el shock ni se le van las tintas en asustar a los lectores. Dolores empatiza con Quetzalli, hace suyo su punto de vista y matiza sus hazañas con la exploración de emociones y  hábitos que son los típicos de una joven que crece y descubre, con dolor, que el mundo no es lo que se imaginaba, y que para seguir con su vida debe hacer cosas que no quiere. 

Estamos junto a ella en los días de cosecha, presenciamos amorosas conversaciones con su padre y su hermanito,  y recibimos a su lado los terribles vaticinios de fin del mundo que amenazan a los mexicas. Su historia trágica es casi un reverso del destino, también trágico, de su pueblo, que pronto experimentará el genocidio a manos del europeo: Quetzalli, en cambio, se vuelve poderosa por sus dones, y al ser inmortal tiene prometido sobrevivir a su pueblo. Pero con ella, además, sobrevive la historia de su gente, que no será contada tras la conquista del hombre blanco. La historieta deja picando la idea de que tal vez para lidiar con el monstruo, hay que ser un monstruo también, y transformarse en uno no siempre es algo que elijamos.

Como pasaba en ¡Basta Monito! y Sueño Profundo-Tierra fría, el arte gráfico es un gran bocado del atractivo de este libro. Alcatena maneja un estilo muy definido y singular, entre la caricatura y el expresionismo. Emplea una variedad de líneas para marcar el tono en cada escena (limpias y muy precisas cuando nos pasea por la parte más costumbrista y luminosa de la historia; sucias y empastadas para meternos en lo más terrorífico de su universo).

Otro punto a favor es la lucidez con la que elige en qué viñetas poner fondos muy elaborados, que dan color, cuerpo y materia al relato, y en cuáles el conjunto gana más aislando a sus personajes, no pocas veces frágiles y desnudos, expuestos a los misterios de la naturaleza y el capricho divino. A pesar de contarnos un cuento con calidez y ternura, Alcatena no mira al costado cada vez que irrumpen la violencia y el horror; más bien al contrario: los hace parte de una misma realidad, y el efecto final es un verosímil sólido de mitos y leyendas que acuna y perturba en igual medida. Si esperan de estas páginas apenas un divertimento simpático y pasajero, se la van a dar en la frente. Hay imágenes vibrantes de dolor, muerte y espanto, trabajadas al detalle, con deliberada precisión: un salto temerario de lo bello a lo visceral.

Por último, el temita del ritmo. El libro te lleva puesto y se lee en un estornudo. Eso, dada la complejidad de su historia y las capas de sentido que propone, merece una vuelta olímpica. Aunque desde luego, apreciarlo como corresponde requiere otro tipo de atención. Quetzalli se enriquece con segundas y hasta terceras lecturas. Y si te quedas cebado como yo, probablemente te pases un par de noches en internet viendo documentales sobre historia precolombina, haciendo listas de películas de vampiros en Letterbox, o -por qué no- viendo dónde conseguir más libros de Dolores Alcatena para no salir de este viaje de indagaciones morales y horror metafísico.

Punto final por hoy. Próxima parada: un western de factura francesa, llena de guiños al cine de matufias y mucha deuda con las películas de Sergio Leone. Hasta entonces, beban bien y pásenla bonito en el postmundo.

Saludos desde la Trinchera.-   


  

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