SI EL NORTE FUERA EL SUR
Por Claudio Rojo Cesca
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Por años me llenaron la cabeza con SUPERMAN: RED SON. Que era un caño en la nuca; que había que leerlo sí o sí; que es el punto más alto en la carrera del escocés Mark Millar y una de las mejores historias de Superman jamás publicadas. Bueno, ahora se cagan, porque finalmente lo leí, y ¿saben qué? Me sumo a las filas de recomendadores seriales que esta miniserie viene cosechando desde su publicación en 2003.
La premisa es un bombazo: ¿qué pasaría si el último hijo de Krypton, en lugar de caer con su nave en el corazón de EEUU, hubiese aterrizado en una granja ucraniana en tiempos de la Unión Soviética? Lejos de dar vuelta la tortilla y hacer del superhéroe definitivo una suerte de villano antiestadounidense, Millar (guionista a quien se le conoce por rebusques ultraviolentos de tal calaña) le imprime una variedad de matices a esta propuesta, donde la discusión capitalismo-comunismo es una variable, sí, pero no se resuelve a las piñas, como podríamos esperar. De hecho, no se resuelve en absoluto; más bien funciona como un fondo de disputa sobre otras cuestiones, como la estructura de las utopías, el para qué del heroísmo, los contrapuntos entre bienestar colectivo y aspiracionismo individual y el peligro de la vigilancia social en la cultura moderna.
La premisa es un bombazo: ¿qué pasaría si el último hijo de Krypton, en lugar de caer con su nave en el corazón de EEUU, hubiese aterrizado en una granja ucraniana en tiempos de la Unión Soviética? Lejos de dar vuelta la tortilla y hacer del superhéroe definitivo una suerte de villano antiestadounidense, Millar (guionista a quien se le conoce por rebusques ultraviolentos de tal calaña) le imprime una variedad de matices a esta propuesta, donde la discusión capitalismo-comunismo es una variable, sí, pero no se resuelve a las piñas, como podríamos esperar. De hecho, no se resuelve en absoluto; más bien funciona como un fondo de disputa sobre otras cuestiones, como la estructura de las utopías, el para qué del heroísmo, los contrapuntos entre bienestar colectivo y aspiracionismo individual y el peligro de la vigilancia social en la cultura moderna.
Y es que el Millar de estas páginas es mucho más mesurado y reflexivo que el que solemos encontrar en series como Wanted, Kick-Ass o Némesis. También
toma distancia de la impronta deliberadamente cool al estilo Ultimates. Se
ve que entiende a quién tiene entre manos y eso le sirve para pisar el
freno y no sucumbir a los excesos que vienen asociados a su pluma. Sin ser melosa, su escritura es más caramelera, más relajada,
orientada a desarrollar los personajes y no simplemente a ponerlos al
borde de la acción. Hay mucho ejercicio intertextual usado con buen
criterio: viñetas que homenajean imágenes clásicas del cómic,
personalidades del mundo real que entran y salen de la trama para añadir
una pincelada de rigor histórico al conjunto (Stalin, Kennedy y Marilyn
Monroe por nombrar algunos) y guiños a la literatura de ciencia ficción
distópica más popular, especialmente 1984, de George Orwell.
El Superman estalinista de Millar es un hombre-símbolo forjado con los ideales de su nación, que procura salvar a todo ser vivo del mundo, al punto que, incluso en esta ucronía, corre el clásico chascarrillo de rescatar gatos de los árboles. Un Superman que más o menos quiere lo mismo que el Superman de siempre, el que conocemos todos y al que aprendimos a querer. Pero al haber nacido al otro lado de la Cortina de Hierro, sus ambiciones tienen un previsible sesgo político. Para empezar, se identifica con el Obrero, sus inquietudes y necesidades, y se ve a sí mismo tironeado, de un lado, por los deberes partidarios de la causa bolchevique y, del otro, por la vocación de preservar a la humanidad, sin importar en qué país se lo necesite. Así, mientras pasea por el Kremlin a la par de Stalin, Superman puede tomarse el palo para salvar una planta química en Vladivostok, o rescatar a la brillante Lois Lane (casada con el Lex Luthor de esta particular iteración) en Metrópolis.
Después de ganar la carrera armamentista y de alinear a casi toda la población mundial al comunismo, el kryptoniano se ve en una encrucijada decisiva: ¿son suficientes las típicas hazañas superheroicas de cada día? ¿O para transformar al mundo hay que encarar una tarea menos espectacular, profundamente política, que requiere laburo fino desde la estructura social, y no tanto andar de aquí para allá, apagando incendios con el siempre útil poder del superaliento.
En esos términos retoza esta fábula, más interesante por sus giros discursivos que por la irrupción de tiros, lío y cosha golda. Hay apariciones notables, que picantean la trama y enriquecen el mundo alternativo de Millar. El Batman soviético, por ejemplo, muy en la venia del Dark Knight Returns, alguien que rivaliza casi naturalmente con Superman: un contrarrevolucionario que pone todos sus esfuerzos en derrocar al Übermensch venido de las estrellas. También hay rosca amorosa y desencanto político de la mano de Wonder Woman y sus Amazonas. Y por supuesto, la gran potencia opositora de esta aventura, casi un co-protagonista, Lex Luthor, la mente maestra que opera desde (y más allá de) el gobierno norteamericano en la lucha contra Superman, a quién (cómo no) odia desesperadamente. Millar le regala a Luthor la maniobra más ida de mambo y mejor pensada de este cómic, tan mínima y portable que cabe en una simple oración escrita en papel.
Después de ganar la carrera armamentista y de alinear a casi toda la población mundial al comunismo, el kryptoniano se ve en una encrucijada decisiva: ¿son suficientes las típicas hazañas superheroicas de cada día? ¿O para transformar al mundo hay que encarar una tarea menos espectacular, profundamente política, que requiere laburo fino desde la estructura social, y no tanto andar de aquí para allá, apagando incendios con el siempre útil poder del superaliento.
En esos términos retoza esta fábula, más interesante por sus giros discursivos que por la irrupción de tiros, lío y cosha golda. Hay apariciones notables, que picantean la trama y enriquecen el mundo alternativo de Millar. El Batman soviético, por ejemplo, muy en la venia del Dark Knight Returns, alguien que rivaliza casi naturalmente con Superman: un contrarrevolucionario que pone todos sus esfuerzos en derrocar al Übermensch venido de las estrellas. También hay rosca amorosa y desencanto político de la mano de Wonder Woman y sus Amazonas. Y por supuesto, la gran potencia opositora de esta aventura, casi un co-protagonista, Lex Luthor, la mente maestra que opera desde (y más allá de) el gobierno norteamericano en la lucha contra Superman, a quién (cómo no) odia desesperadamente. Millar le regala a Luthor la maniobra más ida de mambo y mejor pensada de este cómic, tan mínima y portable que cabe en una simple oración escrita en papel.
Desde luego, esto es una historieta y los laureles no son solamente para Millar. El laburo de las duplas Dave Johnson/Andrew Robinson y Kilian Plunkett/Walden Wong en los dibujos es extraordinario. Revisionismo histórico duro y puro, con atención minuciosa a la arquitectura que define cada geografía. Además, voltear la brújula de estos personajes implica volverlos a diseñar, y en este empeño el equipo creativo mete un golazo tras otro. El traje de Superman reimaginado según el fashionismo soviético es un acierto: los colores muteados, las mangas apenas sueltas, los guantes, el detalle de los cuellos, en fin. Lo mismo ocurre con Batman. A la clásica capucha se suma un gorro peludo en plan cosaco para no sufrir el frío, que le da al personaje un aire steampunk muy a tono con la estética general. Completando menesteres visuales tenemos a Paul Mounts a cargo de los colores: sobriedad kitsch (un oxímoron, ya sé) para una historia de dioses cruzados de vereda, que abre interrogantes sobre el Poder fáctico y le da novedosas vueltas de tuerca al mito del Hombre de Acero, recalentado durante casi un siglo cada vez que asoma una nueva generación de lectores.
Por hoy dejamos descansar el cachivache. En la próxima entrada me bajo un toque del turismo comiquero y voy con una obra local reciente. Salud y buena tinta desde la Trinchera.



Yo particularmente, amo los Elseworlds desde mi más tierna edad. Y si encima, es uno con un Kal-El stalinista y con la Guerra Fría como contexto, mucho mejor. El aditamento final es que Mark Millar agarre el guión del que terminó siendo quizás una de las cinco mejores historias del personaje, y su mágnum opus compartido con esa brillante gema llamada Old Man Logan.
ResponderEliminarSobre el contenido, ¿qué agregar a su quirúrgico análisis comandante? Fácil hubiese sido convertir a Superman en un peligroso villano, tentación que mi tercer escocés favorito elude con elegancia para demostrar que cualquier expresión artística con cierto amor propio debe evitar estos convites. Red Son termina por ser una radiografía de lo que las prácticas culturales forjan en una persona -por más kriptoniana que sea- y sobre las dificultades de admitir las falencias de aquellos ideales que defendemos con hidalguía, como si fuésemos, no sé, un superhéroe.